Y “El último de su estirpe” (Tusquets, 2016), nada menos. La referencia a la cultura popular a través de la serie “Game of Thrones” no es simplemente un juego de palabras, sino que viene a cuento para presentar un libro que, como la superproducción de HBO basada en las novelas de George R. R. Martin, no elude la tragedia, ni la épica, ni la reflexión sobre la trascendencia. Pero vayamos por partes.

Fleur Jaeggy (Zurich, 1940) nació en Suiza, pero pronto se consideró una ciudadana de Europa: residió sucesivamente en Roma, París y con destino final Milán (al menos por ahora).  Pasajera en tránsito de un continente en crisis y rupturas dramáticas, Jaeggy se convirtió –sin prisa pero sin pausa- en una autora de culto en los países donde fueron publicadas sus obras: “Los hermosos años del castigo” (laureada novela sobre sus años en un internado), “El ángel de la guarda”, “El temor del cielo” y el libro de relatos que hoy comentamos, que se llevó el Premio Literario Internacional Giuseppe Tomasi di Lampedusa en 2015. No era el primer galardón para Jaeggy, pero eso aceleró su merecida fama que ya era un secreto a voces.

La escritura de Jaeggy es realmente dura: quien avisa no traiciona. Escritura a veces distante de los hechos narrados, decididamente despojada, por momentos exasperante, siempre incisiva y alejada de todo prurito tradicional, ella otorga a los veinte relatos que conforman “El último de la estirpe” un sello propio que tensiona los acontecimientos brutales, dantescos, pétreos, con una búsqueda de lo humano en medio del corazón de las tinieblas. Los personajes son no polémicos: la narración del último hijo perteneciente a una familia que va hacia su ocaso; una mujer que visita Auschwitz con la guía de una chica ciega; la autora, en una con el neurólogo y escritor Oliver Sacks (también hay guiños a los poetas Joseph Brodsky e Ingeborg Bachmann), pero ahora devenido un pez con el que ella establece una sutil comunión y, por último, la obsesión de una chica con una amiga que es presa de la locura, entre otras historias descarnadas, desafiantes, luctuosas, pero siempre con el marco de dramatis personae trágicos, dolientes, predadores o presas en el escenario de la historia. Humano, demasiado humano.

“¿Qué quieres hacer cuando seas mayor?”, pregunta la abuela, y el niño contesta: “Quiero morir. Pronto”, expresa un pequeño en una de las historias, para recordarnos tal vez historias sapienciales sobre la vida y la muerte. Un rastro de sangre a la cabeza, podríamos decir imitando a Coldplay, en tiempos aciagos que insisten empero en perderse o disolverse frente a la tragedia y a la finitud de la vida. Por eso no conviene olvidar tampoco en los Siete Reinos que “Hay que dejar en paz la tristeza de los demás”, como se expresa en otro de los relatos. Luz de los veinte, sin tono elegíaco y sí deliberadamente trágico, de lucha entre Eros y Tánatos, de coraje épico para la batalla final por esta “canción de hielo y fuego” que es la vida misma.